Leonel Luna

Ejercicios para un buen salvaje:

de Toller Dickauter a Leonel Luna.

A principios de siglo, diferentes corrientes de pensamiento de una Europa que quería salir de la corrección victoriana y descubrir el paisaje como un nuevo espacio para recorrer y disfrutar, encuentra en naturalistas, arquitectos y decoradores el gusto por los ornamentos vegetales y todo aquello que nos devuelva algo de lo que la “civilización” estaba avasallando en su arrebato industrialista.

Esta nueva sensibilidad convivió con el resurgimiento de movimientos paganos, orientalismos y misticismos que traídos de Oriente, ofrecían nuevos aires a los que buscaban otras formas de cambiar la sociedad desde el individuo y no desde el poder.

Mientras una época se negaba a desaparecer aferrándose a los imperios, otra estaba naciendo desde su propio centro.

Austria fue por un tiempo, foco de muchas de estas nuevas ideas y tendencias: filósofos como Witgenstein abrían otros universos de reflexión, creadores como Schoemberg y su música dodecafónica reescribieron lo que hasta entonces se consideraba música, médicos como Freud y sus colegas, desentrañaron los misterios del inconsciente mientras otros como Wilhelm Reichstag y su “Gestalt”, perseguían los propios límites de la percepción. Estos acontecimientos transcurrían en medio de una Europa que se arrastraba hacia una guerra fratricida.

De este lado del mundo, exactamente en los confines septentrionales, los últimos exponentes de nativos aborígenes daban sus pasos finales sobre la tierra que era devorada por la ambición terrateniente. Es allí donde un suizo que seguía los pasos de un sacerdote polaco, encontró la primigenia naturaleza común a todos los hombres.

Toller Dickauter llegó a la Argentina en 1937, sólo 10 años después de que el sacerdote Martin Gusinde rescatara para la posteridad, la memoria de los últimos aborígenes de Tierra del Fuego.

A través de los trabajos de recopilación del sacerdote, Toller dio con lo que interpretó era la primigenia bondad natural de los hombres que trístemente estábamos perdiendo.

Decidido a poner a prueba el espíritu indomable de la naturaleza humana en su hábitat y sin más elementos que los que la naturaleza le brindara, realizó una de las primeras experiencias antropológicas de campo de su época, abandonando todo contacto con la civilización, vistiendo apenas piel de guanaco y cazando su propio alimento, guarnecido de las inclemencias por una choza que le enseñaran a construir herederos nativos.

Es allí donde comienza a aplicar tempranos conceptos de la Gestalt de Reich y de Otto Rank, colega de Freud, para su principio del “aquí y ahora” que posteriormente formarían parte de las ideas que utilizaría Alexander Lowen para fundar las bases de la Bioenergética.

Dicha experiencia fue registrada, en parte, por la fotógrafa Eime Michalsen quien aprendiera a volar con el famoso aviador Gunter Pluschow, célebre por tomar las primeras vistas aéreas de Ushuaia y sus alrededores, además de sobrevolar la cordillera austral y los glaciares patagónicos donde, al final, perdiera la vida.

Su práctica que no duró más de tres años, durante los cuales más de la mitad no tuvo contacto con otros pobladores, terminó con Toller preso en Chile por carnear y devorar ovejas de estancias aledañas.

Apresado y enviado a la Isla Dawson (célebre campo de detención de nativos Selknam y de presos políticos durante la dictadura de Pinochet), se determinó que no se estaba en presencia de un “salvaje” sino de un extranjero, por lo que se decidió su embarco a la fuerza en el navío ingles Dover que partió rumbo al puerto de Plymouth desde Punta Arenas.

Ya en plena segunda guerra mundial, los ingleses desembarcan a Toller en Tánger donde hacen escala, territorio al norte de Africa que en aquel tiempo estaba ocupado por tropas del Generalísimo Franco.

Al finalizar la guerra, Tanger se vuelve ciudad internacional y condominio de países hasta el comienzo de los años ´60, cuando Marruecos toma posesión definitiva. Allí Toller permanecerá  por el resto de su vida.

Tánger, ciudad abierta durante la inmediata posguerra, resulta el lugar ideal para libertarios de toda Europa y jóvenes americanos que encontraban en ese paisaje, un ambiente relajado y multicultural donde las intrigas políticas, las drogas y la sexualidad no estaban sujetas a una sola moral o gobierno.

Confluirían en un mismo escenario personalidades como Luchino Visconti, Tennessee Williams, poetas y escritores como Truman Capote, Gregory Corso, Jack Kerouac, William Burroughs, Paul Bowles y otro joven poeta como Allen Ginsberg, que  llevaría los postulados de Toller hacia la costa oeste americana donde “ser un salvaje al menos una vez en la vida, abriría las puertas de la percepción”.

Palabras que luego encontraron voz en un músico que leyera a Ginsberg, llamado Jim Morrison y que después lo llevarían a México en busca de la magia de los naguales.

Carlos Castaneda, un antropólogo y escritor que millones leyeron pero nadie conoció, también recoge en “Las enseñanzas de don Juan” algo del legado de Toller.

Es en California donde terminaron las notas de Toller Dickauter, llevadas a Palo Alto por el último de sus asistentes, Jason Day, a su muerte, en 1973.

Otro antropólogo, Twitcher Hall, desarrollará luego lo que se conocerá como terapia proxémica, colega e importante influencia de Marshall Mac Luhan y de Burkminster Fuller que acuñara el término “tensegridad”, (desarrollo para la aplicación de leyes físicas de estructuras fractales) y que usaría Castaneda para los ejercicios que enseñara su Chamán en sus libros.

Estos conceptos resultaron muy importantes para los creadores de la Programación neurolingüística (PNL), Bateson, Bander y Grinder, grandes admiradores de la saga de don Juan.

Hoy las terapias alternativas, la vida al aire libre, las costumbres de alimentación sana, la incorporación del yoga y otras formas de asanas posturales definen el vínculo entre nuestro cuerpo y el contexto que habitamos. La confianza en nosotros mismos y en los demás, y el compartir un registro de valores comunes más allá de los prejuicios, son herederos de algo que no perdimos del todo, algo que sigue estando allí, que no está afuera ni en el otro, sino en nosotros mismos.

Por eso desde tiempos inmemoriales, tratamos de encontrar la forma de reconocernos, probarnos, medirnos, superarnos, tomar control de nuestro destino, del cual desertamos sistemáticamente.

Buscamos en el otro lo que no somos. Y como un espejo, lo que obtenemos es una imagen invertida de lo que deseamos.

Buscamos al buen salvaje, a ese otro que nos habita y que anhela ser descubierto, domesticado, transformado para emerger como un nuevo ser.

El arte es en parte un ejercicio, una práctica que nos devuelve algo de lo que somos. El resultado siempre resulta un reflejo borroso, sugerido, una aproximación o más preguntas.

De su práctica, surge la posibilidad de hallar las respuestas.